“Amargo de Caña” es el tema que abre este primer trabajo discográfico de la sanducera; es una milonga tocada con unas guitarras bajitas, que entran sin intro al mismo tiempo que la voz y se van dejando guiar por ella, que es quien irá determinando el curso de la canción. Pero algo que me resultó interesante son los primeros 3 segundos antes de la primer nota, que quizás son los que auguran el disco entero: quienes arrancan cantando son los grillos, que desde la tenue luz del campo en la noche prometen acompañarnos a lo largo del viaje por este disco acaso rural.
Si bien es cierto que este álbum coquetea con géneros pertenecientes al canto popular, en esta aventura solitaria Ana deja de lado las lonjas candomberas de Rada y el humor a 4 voces de La Otra para descubrirse en su lado más pop. Se huelen influencias de varios artistas como por ejemplo Carlos Casacuberta (productor del disco), quizás de Juana Molina y de todos los casettes que andarían por ahí en la vuelta en su niñez.
Lo que me pasa a mi es que la voz de Ana me gusta demasiado, es un timbre que por sus graves nunca llega a molestar, y por sus agudos reconocemos el encanto femenino que empapa todo el álbum. Esto, sumado a melodías en tonos mayores, agradables y algo pegajosas, hace que sea totalmente cómodo de escuchar; tan fácil de digerir que nuestras entrañas musicales descansan y disfrutan de su sencillez. Las letras se ubican entre la juventud y la madurez de una mujer que deja en este disco un pedazo de su historia de vida; nos habla de abuelas que se van y brisas que traen amaneceres frescos
y amargos.
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Es un disco notoriamente personal, con más afecto que acordes, bastante chiquito en cuanto a las capas de sonido, grabado con pocas pistas y pocos instrumentos que construyen canciones nunca recargadas, pero tampoco vacías.
Parece no haber nada fuera de lugar, todo ordenado y donde debe ir; es por eso que quizás me hubiese gustado algún dedo arriesgado que se desplazara de forma quijotezca hacia algún traste más peligroso. De todas formas, creo que la intención del disco no es el de una experimentación sonora psicodelicamente volada, ni tampoco romper con los paradigmas musicales del siglo XX. Más bien la imagino como la de una invitación de la artista, quien desde la urbe, nos propone ensillar el caballo y largarnos a galopar tierra adentro, a descubrir territorios desconocidos por quien vive esperando en los semáforos, y que aparece como el cumplimiento de una deuda pendiente consigo misma y el Paysandú de su infancia.
-Lo mejor- Amargo de caña* (track 1) Este tema está cantado a dúo con su primo Jorge Drexler y es uno de esos temas en lo que podes poner “repeat” para siempre y nunca te vas a aburrir. Las voces gozan de unos arreglos sumamente drexlerianos, identificables como de su autoría aún si hubiesen sido entonados por la gargajeica voz del Sabalero. Recomendable para ponerlo como ringtone-despertador en tu nokia 1100, vas a ver que te levantas de buen humor. No recomendable para convertirlo en reggaeton.
*Encontré una versión de este tema interesantemente remixada por un tal Mäuss (¿?), pueden escucharla acá.
-Lo peor- La portada: Considerando que “Soy Sola” es un disco que habla de soledades, lunas y campo a la noche, parece algo redundante o poco sorprendente que la tapa sea una fotografía de Ana, sola, en el campo de noche y a la luz de la luna.
Escuchen más de Ana Prada en su space (www.myspace.com/anaprada) o sino cómprense el disco... tacaños!